miércoles, 30 de enero de 2013

El yoga mejora depresión leve, problemas sueño, esquizofrenia y el TDAH.



ESTUDIO PUBLICADO EN 'FRONTIERS IN PSYCHIATRY'


El yoga mejora la depresión leve, los problemas del sueño, la esquizofrenia y el TDAH
El yoga tiene efectos positivos sobre la depresión leve y los problemas de sueño, incluso en ausencia de medicación, así como la esquizofrenia y el TDAH en pacientes que siguen tratamiento farmacológico, según una revisión de la relación de esta práctica en trastornos psiquiátricos, publicada en Frontiers in Psychiatry.
Europa Press. Madrid | 25/01/2013 14:52


Los autores de la revisión han explicado que su objetivo era el de comprobar los beneficios de esta práctica sobre determinadas enfermedades, tal y como se había considerado hasta el momento.
De este modo, un estudio recogía que el yoga influye en elementos clave del cuerpo humano que desempeñan un papel importante en la salud mental, de manera similar a los antidepresivos y la psicoterapia. Mientras, otra investigación revelaba que este tipo de ejercicio afecta a los neurotransmisores, la inflamación, el estrés oxidativo, los lípidos, y factores de crecimiento.
Para uno de los autor del estudio, el doctor P. Murali Doraiswamy, profesor de Psiquiatría y Medicina en la Duke University Medical Center, en Estados Unidos, todas estas evidencias científicas apoyan la práctica de este tipo de ejercicio.
A su juicio, el yoga no sólo puede ayudar a mejorar los síntomas que producen los problemas psiquiátricos, sino que también puede tener un papel en la prevención de enfermedades relacionadas con el estrés.
Los autores también señalan que, si bien los resultados son prometedores, los resultados deben considerarse como preliminares, debido a que todos los estudios de yoga hasta la fecha han consistido en pequeñas muestras, por lo que creen imprescindible una investigación más rigurosa.
Con todo, la práctica de yoga para tratar síntomas de enfermedades mentales supondría menos efectos secundarios, costes económicos así como un mayor acceso a todos los pacientes y la mejora de la condición física, añaden.

domingo, 27 de enero de 2013

Ley de Dependencia.


¿Qué es la ley de Dependencia?




La Ley de Dependencia, (aprobada en diciembre del 2006), es una Ley Universal a la que tienen derecho todos los ciudadanos y ciudadanas españoles que no pueden valerse por sí mismos por encontrarse en situación de dependencia. Con esta Ley nace el cuarto pilar del Estado de Bienestar, que configura el Sistema de Autonomía y Atención a la Dependencia, conocido como el SAAD. A través de esta ley se pretende alcanzar la autonomía personal de las personas dependientes y de sus cuidadores. Para ello, el Estado y las Comunidades Autónomas, se han dotado de unos recursos y prestaciones a los que podrán acceder todas aquellas personas que cumplan los requisitos establecidos en la Ley de Dependencia
De la Ley de Dependencia extraemos las siguientes definiciones que nos ayudan a comprender qué se entiende por Autonomía, por Dependencia y cuales son los Grados de Dependencia.

Definición de Autonomía

Se entiende por Autonomía a "la capacidad de controlar, afrontar y tomar, por propia iniciativa, decisiones personales acerca de cómo vivir de acuerdo con las normas y preferencias propias, así como de desarrollar las actividades básicas de la vida diaria".

Definición de Dependencia

Se entiende por Dependencia al "estado de carácter permanente en que se encuentran las personas que, por razones derivadas de la edad, la enfermedad o la discapacidad, y ligadas a la falta o a la pérdida de autonomía física, mental, intelectual o sensorial, precisan de la atención de otra u otras personas o ayudas importantes para realizar actividades básicas de la vida diaria o, en el caso de las personas con discapacidad intelectual o enfermedad mental, de otros apoyos para su autonomía personal".

Grados de Dependencia

La Ley clasifica las situaciones de dependencia en tres grados.
Los organismos competentes de cada Comunidad Autónoma serán los encargados de aplicar el baremo de medición oficial y común a todo el estado. Este grado de dependencia sirve para repartir los recursos y prestaciones según las necesidades de cada caso.
Los grados de dependencia estipulados por la Ley de Dependencia son los siguientes.
  1. Primer Grado o dependencia moderada: Personas que necesitan ayuda para realizar varias actividades básicas de la vida diaria, al menos una vez al día, (por ejemplo, para comer y beber, controlar la micción o la defecación, lavarse, vestirse...), o necesitan ayuda intermitente o limitada para mantener la autonomía personal.
  2. Segundo Grado o dependencia severa: Personas que necesitan ayuda para realizar varias actividades básicas de la vida diaria dos o tres veces al día, pero no requieren el apoyo permanente de un cuidador, o necesitan mucha ayuda para mantener la autonomía personal.
  3. Tercer grado o gran dependencia: Personas que necesitan ayuda para realizar varias actividades básicas de la vida diaria varias veces al día y, por su pérdida total de autonomía, necesitan el apoyo indispensable y continuo de otra persona, o bien tienen necesidad de ayuda total para mantener la autonomía personal.

    Requisitos

    Todas las personas que, encontrándose en situación de dependencia, deseen acceder a los servicios y prestaciones que establece la Ley de Dependencia, deberán de reunir los siguientes requisitos:
    • Tener nacionalidad española
    • Encontrarse en situación de dependencia en alguno de los grados establecidos por la Ley.
    • Vivir en España y haberlo hecho durante cinco años. De éstos, dos deberán ser inmediatamente anteriores a la fecha de presentación de la solicitud.
    • Las personas que, aun reuniendo los requisitos anteriores, no tengan la nacionalidad española, se regirán por lo establecido en la Ley sobre derechos y libertades de los extranjeros en España y su integración social.
    • La ley no establece un mínimo o máximo de edad para recibir las ayudas. No obstante, existen requisitos especiales para los menores de 3 años.


    Calendario de aplicación
    Con la Ley de Dependencia se estableció un calendario de aplicación, de manera que, el acceso a los servicios y recursos disponibles, se realizase gradualmente en función del grado de dependencia de los solicitantes. Este calendario de aplicación comenzó con la entrada en vigor de la Ley (enero del 2007), dando acceso a las ayudas a las personas con gran grado de dependencia, y finalizará con la implantación de las ayudas a las personas con grado de dependencia moderado (2015).
    El calendario de aplicación es el siguiente:
    • 2007, personas valoradas con un Grado III de gran dependencia, niveles 2 y 1.
    • 2008-2009, personas valoradas con un Grado II de dependencia severa, nivel 2.
    • 2009-2010, personas valoradas con un Grado II de dependencia severa, nivel 1.
    • 2011-2012, personas valoradas con un Grado I de dependencia moderada, nivel 2.
    • 2013-2014, personas valoradas con un Grado I de dependencia moderada, nivel 1.


    Pasos a seguir
    Todas las personas que, encontrándose en situación de dependencia y reuniendo los requisitos marcados por la Ley, deseen acceder a los servicios y prestaciones establecidos en la Ley de Dependencia, deberán de seguir los siguientes pasos:
    • Solicitar una evaluación, en la autoridad competente de cada comunidad autónoma, para determinar el grado y nivel de dependencia.
    • Obtener la acreditación con el grado y nivel de dependencia. Esta acreditación tendrá validez para todo el Estado, independientemente de la comunidad en la que se haya solicitado.
    • Solicitar, en la autoridad competente de cada comunidad autónoma, el Programa Individual de Atención con los servicios y/o prestaciones económicas a recibir.
    • Obtener la resolución con la aprobación de la solicitud presentada.
    • Solicitar los servicios y/o prestaciones establecidos en la Ley de Dependencia.


    Prestaciones
    El objetivo de las prestaciones de la Ley de Dependencia es atender a las personas en situación de dependencia para mejorar su calidad de vida. Estas prestaciones podrán ser económicas o en forma de servicios, e irán destinadas a promocionar la autonomía personal y atender las necesidades diarias de aquellos que no pueden valerse por sí mismos.
    La ley de dependencia da prioridad al catálogo de servicios. Las personas que, encontrándose en situación de dependencia, en un primer momento no puedan acceder a los servicios sociales del catálogo de servicios, tendrán derecho a una prestación económica, de manera que puedan ser atendidos en un centro acreditado para la atención a la dependencia. Así mismo, la ley contempla la posibilidad de que, las personas en situación de dependencia, reciban las ayudas económicas para ser atendidos por cuidadores no profesionales.
    El acceso a los servicios dispuestos por la Ley de Dependencia estará regulado por un calendario de aplicación. Este calendario establece un orden de prioridades en función del grado de dependencia y de la situación económica. La capacidad económica será evaluada en función de la renta de la persona dependiente. En este orden de prioridades también se tendrá en cuenta la edad y tipo de servicio solicitado.

    Servicios
    Las personas que, encontrándose en situación de dependencia, obtengan la acreditación del Estado con el grado y nivel de dependencia, podrán acceder a los siguientes servicios dispuestos por la Ley de Dependencia:
    • Servicios de Prevención de las situaciones de dependencia
    • Servicios de Teleasistencia
    • Servicios de Ayuda a Domicilio, entre lo que se incluyen: Atención de las necesidades del hogar y Cuidados personales
    • Servicios de Centro de Día y Noche, que pueden ser:
      • Centro de Día para mayores
      • Centro de Día para menores de 65 años
      • Centro de Día de atención especializada, Centro de Noche
    • Servicios de Atención Residencial, que pueden ser:
      • Residencias de personas mayores en situación de dependencia
      • Centros de atención a personas en situación de dependencia, en razón de los distintos tipos de discapac

    Prestaciones económicas
    Las prestaciones económicas, que establece la Ley de Dependencia, y a las que pueden acceder las personas dependientes, pueden ser de varios tipos:
    • Prestaciones económicas vinculadas al servicio: prestación económica que recibirán aquellas personas dependientes que no puedan acceder a los servicios públicos o concertados de atención a la dependencia. Esta prestación económica es de carácter periódico.
    • Prestación económica para cuidados en el entorno familiar y apoyo a cuidadores no profesionales: este tipo de prestación se concederá cuando la persona dependiente esté atendida en su entorno familiar. El cuidador de la persona dependiente deberá estar dado de alta en la Seguridad Social y deberá seguir las acciones de apoyo promovidas para los cuidadores no profesionales.
    • Prestación económica de asistencia personal: el objetivo de esta prestación es promocionar la autonomía personal de la persona dependiente, contratando una asistencia personal que le ayuden en su quehacer diario.

martes, 22 de enero de 2013

Ayudas técnicas auditivas

Sabes que existen AYUDAS TÉCNICAS AUDITIVAS, que mejoran la calidad de vida de las personas con hipoacusia ó sordera. Aquí te presentamos algunos artículos que tenemos en nuestra tienda on line. Primero te mostraremos productos para niños con hipoacusia, para que su vida en el cole sea más fácil; y después más adelante para adultos.
http://www.ayudas-ortopedia.com/TIENDAVIRTUAL/es/ayudas-tenicas-discapacidad-auditiva/383-receptor-fm-amigo-r5.html

jueves, 17 de enero de 2013

Sordera ó hipoacusia en niños









¿Qué es?
La hipoacusia es la incapacidad total o parcial para oír sonidos en uno o en ambos oídos.
Aproximadamente de 2 a 3 bebés por cada 1000 nacidos vivos tienen algún grado de hipoacusia al nacer. La hipoacusia también se puede desarrollar en niños que tenían audición normal cuando eran bebés. La pérdida puede ocurrir en uno o en ambos oídos y puede ser leve, moderada o profunda. La hipoacusia profunda es lo que la mayoría de las personas llaman sordera.
Algunos casos de hipoacusia son progresivos (empeoran con el tiempo), mientras que otros permanecen estables y no empeoran. También hay hipoacusias transitorias, como las que provocan las otitis en niños algo más mayores.
¿Por qué se produce?
La mayoría de las hipoacusias o sorderas infantiles están presentes en el momento de nacer. La mitad de estas sorderas tienen origen genético.
Otras sorderas son debidas a situaciones que han pasado durante el embarazo o al nacer: recién nacidos con peso menor de 1500 gramos, que han tenido infecciones como meningitis o infecciones durante el embarazo (rubeola, toxoplasma, citomegalovirus) o con algunas malformaciones. Estos niños tienen más riesgo de tener hipoacusia.
La mayoría de los niños sordos son hijos de padres que oyen bien.
¿Cuáles son los síntomas?

Los padres deben observar el comportamiento del bebé durante sus primeros meses de vida ante los estímulos sonoros. Durante los dos primeros meses de vida el niño parpadea, se despierta o se asusta ante ruidos fuertes y de alta intensidad; la voz de su madre es capaz de tranquilizarlo y pone atención en escucharla. Entre los 3 y 5 meses de vida dirige la mirada y gira la cabeza hacia la fuente de sonido, y entre los 6 y 9 meses es capaz de buscar la fuente de la voz o del sonido, moviendo la cabeza y el cuerpo para poder observarla. Se aconseja consultar al pediatra si se piensa que un hijo no oye bien.
La consecuencia más grave de la sordera, si no se detecta a tiempo, es la ausencia del lenguaje. Un niño que no oye puede tener un desarrollo aparentemente normal hasta los 18 o 24 meses de vida, en los que un retraso en la adquisición del lenguaje puede ser normal, por lo que se puede pasar por alto que el niño sea sordo. El problema de una detección tardía es que estos niños no hablan porque no oyen, por lo que la detección y el tratamiento deben ser lo más precoces posibles para que el niño desarrolle el lenguaje.
Los signos de alarma en el desarrollo del lenguaje que deben hacer sospechar de la presencia de una hipoacusia son:
·         6 meses: no emite sonidos ni balbucea
·         12 meses: no oye sonidos (timbre, teléfono)
·         15 meses: no reconoce su nombre
·         24 meses: no imita palabras simples
·         36 meses: no dice palabras (10) y frases de dos palabras
·         48 meses: no es capaz de hacer frases sencillas

¿Cómo se puede diagnosticar?
Hoy en día está ampliamente aceptado que la detección de la hipoacusia infantil dentro del primer mes de vida permite diagnosticarla antes de los 3 meses e iniciar el tratamiento en los primeros 6 meses. De esta manera se evitan o minimizan importantes alteraciones en el niño. La única manera de alcanzar este objetivo es mediante la implantación del cribado auditivo universal a todos los recién nacidos.
Se utilizan cuatro métodos para evaluar la capacidad auditiva del bebé. De ellos, dos se emplean para cribado: las otoemisiones acústicas (OEA) y los potenciales evocados automáticos (PEATCa)
·         OEA: Evalúan el funcionamiento del oído interno cuando es estimulado. Es una prueba muy sencilla que sirve para el cribado de la sordera en el recién nacido.
·         PEATCa: Es otro tipo de prueba que se emplea en el cribado y que permite diagnosticar un pequeño grupo de sorderas congénitas que se suelen dar en algunos niños con alteraciones del nervio auditivo y que las OEA no son capaces de detectar.
El programa de detección precoz de hipoacusia en recién nacidos permite:
1.      Identificar desde el nacimiento cualquier deficiencia auditiva.
2.      Iniciar cuanto antes el tratamiento y rehabilitación.
3.      Permitir el mejor desarrollo del lenguaje oral.
4.      Conseguir la integración del niño con discapacidad auditiva.
5.      Mejorar su comunicación, desarrollo intelectual, emocional, social, rendimiento escolar y su futuro profesional.

¿Cómo se trata?
Cuando el niño es diagnosticado de hipoacusia el tratamiento debe ser multidisciplinar con la colaboración del pediatra, otorrino, logopeda, psicólogo y audioprotesista. Es fundamental en el momento del diagnóstico la colaboración con la escuela, en función de su edad, y la ayuda de las asociaciones de sordos. El tratamiento consiste en la estimulación precoz del niño, un tratamiento logopédico adecuado y un tratamiento audioprotésico mediante audífonos o implante coclear.
Los implantes cocleares+
Un implante coclear es un dispositivo electrónico que puede ayudar a oír a personas sordas. No restablece la audición normal, sino que proporciona al niño sordo una comprensión útil de los sonidos ambientales y le ayuda a comprender el habla.
¿Cómo se puede prevenir?
En los casos de hipoacusias genéticas se puede ofrecer consejo genético a los padres. En las no genéticas es importante, durante el embarazo, identificar las infecciones que le pueden afectar. También se deben evitar medicamentos ototóxicos, que pueden afectar al oído, tanto en el embarazo como en el recién nacido. Es muy recomendable la vacunación infantil contra enfermedades como las paperas, sarampión, rubeola y meningitis.
Con el cribado universal de hipoacusia del recién nacido se puede detectar a los neonatos con sordera y comenzar tratamiento y rehabilitación precoces para que el desarrollo del niño sea el adecuado.

martes, 15 de enero de 2013

La musicoterapia y la tercera edad







Introducción

En el trabajo con la tercera edad se hace ineludible recurrir a un grupo interdisciplinario, para atender con idoneidad a su problemática. Factores tan determinantes como la amenaza del acercamiento a la muerte, la herida narcisista del envejecimiento, entre otros, producen en cada anciano reacciones diversas, predominando sentimientos tales como aburrimiento, estancamiento, empobrecimiento personal.
La Musicoterapia es una disciplina científica que estudia e investiga la relación del ser humano con el sonido, la música, el ritmo, etc. Es una especialidad que aprovecha una serie de recursos expresivos tales como la música, el sonido, el silencio, la palabra, la voz, el ruido, los gestos y los movimientos corporales para configurar una estructura integrada de expresión, promoviendo la salud física y mental.
En Musicoterapia se crea un espacio donde la persona pueda crear, jugar, expresarse, encontrarse con sus sonidos y con el otro. El espacio musicoterapéutico es un ámbito en el que se promueve la manifestación emocional y la actividad lúdica, donde las percepciones, sensaciones y vivencias corporales son el punto de partida para que la persona pueda encontrarse con sus propias posibilidades, con su cuerpo y sus sonidos.
En el juego sonoro la música puede actuar como disparador de nuevos pensamientos e ideas creativas. A partir del trabajo creativo la persona puede rehacer, recuperar, reconstruir su mundo pasado y presente, construyendo así su propia historia sonora.
Al momento de plantear las actividades, se tienen en cuenta las necesidades de cada persona tales como:
• El reconocimiento como individuo, con sus expectativas e inquietudes, las cuales se deben intentar satisfacer.
• Ser miembro activo, capaz y útil, considerando su capacidad física, mental y emocional.
• Oportunidad de autoexpresión.
• Sentimientos de valoración.


Objetivos


A partir de lo que la persona posee y despliega, en función de sus propios tiempos, la Musicoterapia brinda una oportunidad para el desarrollo de diferentes objetivos, tales como:
• Generar y mantener la motivación por las nuevas actividades.
• Hacer posible la comunicación.
• Promover conductas e intercambios sociales.
• Prevenir o revertir el aislamiento.
• Ofrecer contención emocional.
• Descubrir potencialidades de producción propia, que aumenten la seguridad en sí mismo y eleven la autoestima, alejando al individuo del lugar del déficit.
• Estimular permanentemente para lograr una promoción personal y una mayor actividad comunitaria.


Actividades en musicoterapia


Considerando lo antes expuesto, pensando en brindar una mejor calidad de vida, desde la Musicoterapia se ofrecen actividades que operen como sustituto o reparación de gratificaciones perdidas. Se propone llevar a la persona a tomar parte activa y no caer en una actitud pasiva y dependiente, como así también tener una disposición abierta y vital hacia la vejez propia y ajena.
La Musicoterapia apela a la cualidad movilizadora de la música para provocar respuestas que generen cambios positivos en las personas. El musicoterapeuta intuye, propone, interviene, plantea modelos alternativos de participación y expresión, acompañando al paciente en todo momento.
Pueden usarse muchos medios para la aproximarse a la problemática individual y para profundizar la misma:
• Improvisaciones sonoras, vocales e instrumentales.
• El canto como disparador de recuerdos, posibilita el aprendizaje, mejora la dicción (empobrecida por el uso de psicofármacos), ubica en tiempo y espacio (atención, memoria, etc.), posibilita la externalización de la personalidad y la conducta (permite efectuar señalamientos individuales tales como bloqueos, silencios, estereotipos, inhibiciones, etc.)
• Trabajos con ritmos y melodías (estimulan la atención, memoria, secuencia temporal y rapidez en las respuestas)

Para ello serán necesarios pocos recursos y materiales, tales como espacio físico amplio y luminoso, instrumentos musicales, objetos sonoros que pueden ser creados por el paciente, equipos de audio y demás elementos que se necesiten según el desarrollo de las actividades.


domingo, 13 de enero de 2013

Equinoterapia para la tercera edad



La Equinoterapia para la Tercera Edad es una terapia innovadora que contribuye a mejorar el estado de bienestar de los mayores y todo tipo de personas.








Actualmente, el incremento de la dependencia, el aumento en la longevidad y otros factores sociales potencian situaciones en las cuales los mayores se sienten desplazados, dando lugar a sentimientos de soledad y vacío emocional. El anciano requiere atención adaptada y para dar respuesta a los cambios físicos y emocionales propios de la tercera edad la Asociación Catalano Argentina de Equinoterapia ha desarrollado una nueva forma de intervención en terapias ecuestres (el método ACADE).
La equinoterapia es una modalidad terapéutica que utiliza los beneficios físicos y psicológicos que proporciona el caballo, con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas. Se utiliza el movimiento tridimensional y la temperatura corporal del animal para el tratamiento de patologías físicas y psicológicas. El vínculo que se genera al relacionarse con el caballo y las connotaciones positivas del entorno rural, permiten trabajar aspectos de ámbito emocional, social y relacional. A medida que transcurren las sesiones terapéuticas, a través de actividades cotidianas como el cuidado, la limpieza y la alimentación del animal, se establece un vínculo emocional entre el adulto-anciano y el caballo que se convierte en el eje básico del proceso terapéutico.
Las terapias ecuestres profesionales son intervenciones dirigidas por profesionales del ámbito de la salud. Consisten en utilizar la relación entre el animal y el paciente de forma dirigida como parte integrante de una intervención rehabilitadora global. Esta modalidad terapéutica se ha demostrado efectiva para mejorar la calidad de vida ya que contribuye a aliviar los sentimientos de: soledad, depresión y aburrimiento.
Las sesiones se orientan a ejercitar las capacidades cognitivas, potenciar la
comunicación verbal y la sociabilización entre los trabajadores y los residentes del
geriátrico. Mediante las terapias ecuestres se propicia la creación de un entorno natural capaz de evocar en nuestros mayores recuerdos agradables, relacionados con la vida en el
campo y vinculados a los animales. Este contexto capaz de acercar al adulto mayor a sus experiencias vitales despierta deseos de comunicación y transmisión de conocimiento.

El caballo actúa como nexo de unión en las conversaciones entre terapeuta y paciente; al mismo tiempo que genera situaciones de intercambio de roles, que influyen muy positivamente en el desarrollo de la autoestima y la autopercepción de las personas mayores. Por ejemplo, el anciano que habitualmente es atendido y ayudado, durante la sesión es él el que asiste y cuida de su caballo. Con la práctica regular de las terapias ecuestres, según el método ACADE, se han observado y documentado numerosos beneficios para la salud psicológica y física en las personas mayores:
* La interacción con animales tiene efectos en la salud psicológica; disminuye la
ansiedad y se ha demostrado muy útil en el tratamiento de la depresión.

* El  caballo, como ser vivo, es capaz de captar la atención del anciano y motivarlo, por lo que facilita su implicación y colaboración en las actividades propuestas por el terapeuta.
* El caballo puede motivar al anciano a levantarse de la silla por el simple hecho de
cepillarle o darle una zanahoria; posiblemente, sin esta motivación no accedería a
levantarse.

* Acariciar al caballo, cepillarlo y darle de comer son actividades cotidianas que nos
permiten conectar al anciano con la realidad, le ayudan a olvidar sus problemas y
preocupaciones, fomentan la empatía y satisface la necesidad de dar y recibir afecto.

* Los animales necesitan dar y recibir afecto igual que las personas, con la
particularidad de que de ninguna forma juzgan a la gente; “a mi caballo le da igual si
voy en silla de ruedas”, “si tengo más de 80 años“, “si tengo Parkinson o Alzheimer“.

Al llegar a la vejez el organismo experimenta una serie de cambios fisiológicos y
sensoriales; muchas personas mayores sufren artritis, osteoporosis y demás
afectaciones físicas que dificultan el funcionamiento de su sistema muscular y
esquelético; por lo que el ejercicio moderado es el mejor aliado para mantenerse
físicamente sano. En las sesiones de terapias ecuestres pedimos a los ancianos que
vayan a buscar las zanahorias para su caballo, que acerquen los cepillos para la
higiene diaria, etc. De esta forma se facilita que el paciente realice ejercicios de
motricidad motivado por la presencia del animal. De la misma forma, las peticiones del
terapeuta se pueden dirigir a trabajar la elasticidad, la coordinación, los reflejos, el
equilibrio, etc.  Solo por el hecho de realizar una sesión terapéutica semanal, los  residentes se  interesan por saber qué día de la semana es y cuantos días faltan para recibir la visita de su caballo que esperan con gran ilusión. Para fomentar esta actitud proporcionamos a los mayores una fotografía de su caballo que actúa como recordatorio de la actividad a lo largo de la semana. A los residentes les encanta mostrar la foto de su caballo a los visitantes, por lo que se establecen numerosas situaciones comunicativas e interacciones sociales.

Durante las sesiones, el terapeuta indica el nombre del caballo, el sexo, la edad y las
particularidades del animal; les pregunta si alguna vez han tenido contacto con
caballos y si han trabajado con ellos en el pasado. De esta forma se trabaja la
memoria a corto y largo plazo al mismo tiempo que se potencia la comunicación y la
interacción social. En conclusión podemos afirmar que mediante las terapias ecuestres es posible estimular al adulto-mayor y proporcionarle herramientas para que viva esta nueva etapa de su vida de una forma positiva y enriquecedora; esto se consigue utilizando la influencia del caballo para incidir en aspectos psicológicos, físicos y sociales con el fin de mejorar la calidad de vida del anciano.


miércoles, 9 de enero de 2013

La psicología de la vejez












Introducción

La vejez es un estado en la vida y el envejecimiento un proceso que sucede a lo largo del ciclo vital. Tanto la vejez como el envejecimiento humano son objetos de conocimiento multidisciplinares en el sentido en el que el individuo humano es un entre bio-psico-social. Por esta razón, el individuo viejo es un sujeto de conocimiento psicológico.
La psicología es una ciencia básica dedicada al estudio del comportamiento humano a los niveles de complejidad necesarios y, por tanto, incluye tanto la conducta motora (lo que una persona hace), emocional (lo que siente) y cognitiva (lo que piensa) así como complejos atributos humanos como la conciencia, la experiencia, la personalidad, la inteligencia o la mente.
Como ciencia básica, la psicología tiene por objetivo el establecimiento de principios básicos que rigen en los fenómenos psicológicos pero también se ocupa de en que condiciones los comportamientos o atributos psicológicos difieren entre los individuos; o, en otros términos, bajo que supuestos se producen diferencias individuales en el comportamiento de las personas con base en su edad, su sexo, u otras condiciones biológicas o sociales. O sea, hasta que punto las mujeres difieren de los hombres en ciertas características de la personalidad o, en que medida, las personas de más educación difieren de las de menos estudios.
También la psicología se ocupa del comportamiento humano a lo largo de la vida, de cómo evoluciona y se desarrolla. Es del común saber que un recién nacido es un organismo biológico que emite unos comportamientos muy primarios (algunos reflejos), que no se diferencian, básicamente, de los que emiten otras especies. Es con el paso del tiempo, con la maduración de ese organismo en interacción recíproca con el contexto socio-cultural en el que vive, cuando emergen toda una serie de complejas constelaciones comportamentales que van desde habilidades motoras (desde subir escaleras a conducir el más sofisticado artificio) a los más complicados sistemas de pensamiento (ser capaz de inventar un teorema matemático) o las más excelsas emociones (en el gozo de escuchar una sinfonía de Beethoven). Es en esa evolución cuando el ser humano adquiere (siempre en contacto con otras personas) las dos condiciones más propiamente humanas: la propia conciencia de sí mismo y el lenguaje como forma de comunicación.
Así pues, la psicología también se ocupa del comportamiento a lo largo de la vida tratando de establecer tanto cuales son las pautas o los patrones típicos o cuales son los cambios que se producen con el paso de la edad o a través del ciclo vital y, cómo derivación, cuales son las más notables diferencias a lo largo de la vida desde el nacimiento hasta la muerte.





Las etapas de la vida

Como en otras ciencias sociales y biológicas, los expertos han convenido en establecer distintas etapas evolutivas que ocurren a lo largo de la vida. Éstas varían de unos autores a otros pero, en síntesis, los expertos son coincidentes en que la evolución del comportamiento humano cuenta con cuatro esenciales periodos: la infancia, la adolescencia, la edad adulta y la vejez.
Si tratamos de establecer que esenciales diferencias se producen en estas cuatro etapas podríamos decir que, desde el nacimiento hasta la edad adulta (incluyendo la infancia y la adolescencia) se produce un fortísimo crecimiento en prácticamente todos los sistemas comportamentales y, por tanto, los psicólogos evolutivos han denominado periodo del desarrollo. Estas primeras dos etapa de la vida es perfectamente coincidentes con lo que ocurre a niveles biológico: en ellas se produce la maduración del individuo que en estrecha interacción con el medio ambiente familiar y social es responsable de esos complejos repertorios comportamentales.
¿Qué sucede en la edad adulta y en la vejez? En principio, la creencia más común en nuestra cultura es que la edad adulta implica estabilidad, ello, también sería coincidente con lo que asertan las ciencias bio-médicas. Sin embargo, la investigación de lo que ocurre comportamentalmente en la edad adulta es que, aunque con un menor incremento, el individuo sigue desarrollándose o perfeccionando sus repertorios comportamentales. Es más, en nuestra sociedad actual, la verdadera profesionalización llega mucho después de la adolescencia y la máxima inversión educativa y formativa no solo se produce en los primeros años de la vida sino a todo lo largo de ésta. En un mundo tecnificado como el nuestro el ser humano ha de seguir inserto en procesos de aprendizaje a lo largo de toda su vida adulta y nuestra sociedad ha sido bautizada como una sociedad del conocimiento en el que éste se convierte en un objetivo preciado a todo lo largo del ciclo de la vida.
¿Y en la vejez?. Ello, esta todavía más claro, la común creencia es que a partir de una determinada edad empieza “la vejez”. La idea más común es que existe un comienzo de esa vejez, generalmente establecido en la edad de jubilación, y, lo que es peor, que ello conlleva pérdida, declive y deterioro. Y es que la psicología -o mejor aún, algunos psicólogos- han asumido un modelo biomédico por el que sabemos que, a lo largo de la vida, pasados un periodo de fuerte crecimiento, todos nuestros sistemas biológicos pierden eficiencia. Es este comportamiento de los sistemas biofísicos a lo que, desde la biología, se llama envejecimiento y se expresa como una involución que tiene el signo contrario a lo que llamamos desarrollo. Pero, ¿ocurre realmente eso mismo en los sistemas comportamentales?
Antes de contestar a esta pregunta deberemos recordar cual es el objeto de la psicología (el comportamiento a los niveles de complejidad necesarios) y cómo se conforma. Hemos dicho que en cualquier comportamiento humano existe una base biológica pero que el comportamiento de construye a través de una compleja transacción entre el individuo y el contexto socio-cultural. Así, todos aquellos comportamientos que tengan un mayor componente biológico se verán afectados en forma paralela a lo que ocurra con el sistema del que dependen. Así, por ejemplo, la habilidad motora depende del sistema locomotor y si este es dañado impedirá esa habilidad. Sin embargo, también sabemos que en esa transacción entre los elementos biológicos y los comportamentales, lo psicológico influye extraordinariamente (a todo lo largo de la vida) en lo biológico por lo que una fuerte motivación determinará la re-instauración de una habilidad comportamental en ausencia del sustrato que la hizo posible en un primer momento. En otras palabras, aunque el sustrato natural en la plasmación de la creación pictórica sea la mano diestra que guía el pincel, ésta puede ser sustituida fácilmente por cualquier otro sustrato comportamental en la expresión artística, de ello tenemos miles de ejemplos. En este, como en otros muchos casos, el comportamiento (en este caso la motivación como motor de la conducta) explica mucho más el desarrollo o la involución del individuo que ningún otro factor biológico o, incluso social.
El ser humano no se “termina” psicológicamente hablando (o no termina su desarrollo) cuando acaba su máxima maduración física y biológica ni empieza su deterioro cuando termina, en la edad adulta, su etapa laboral, se marchan los hijos del hogar o cuando ocurre cualquier otra condición física, biológica y social. El desarrollo humano, desde una perspectiva psicológica, dura mientras siguen produciendo las transacciones entre el organismo biológico y el contexto sociocultural. Pero, desde luego, en esa ecuación del cambio a lo largo de la vida -en ese balance entre evolución y desarrollo e involución y deterioro (o, en otros términos, entre pérdidas y ganancias)- existen factores psicológicos que experimentan ganancias y otros que experimentan pérdidas.
Teniendo en cuenta un amplio conjunto de características psicológicas Heckhausen y Schulz , establecieron cuales de ellas experimentaban ganancias y cuales presentaban pérdidas a lo largo del ciclo de la vida desde los 20 a los 90 años de edad. En la Figura 1 podemos apreciar cuales fueron los resultados: si bien es cierto que los primeros años de la vida se producen máximamente cambios positivos (desarrollo), si también es cierto que se produce una cierta meseta de estabilidad comportamental en la edad adulta (que llega a los 70 años) y que se experimentan amplios declives a partir de los 70 años, los autores concluyen que existen ganancias o mejoras, en distinta medida y proporción a todo lo largo del ciclo de la vida, aún a los 90 años. Así, por ejemplo, sabemos que mientras existen funciones cognitivas (en las que el tiempo de reacción o ejecución es importante) declinan muy tempranamente (a partir de los 20 años) otras aptitudes cognitivas, como la amplitud de vocabulario o los conocimiento, no lo hacen hasta muy avanzada edad (a partir de los 70 años) o, incluso, que otras funciones socioafectivas (como el balance entre el afecto positivo y negativo) se articulan mucho mejor en la vejez. En definitiva, existe crecimiento y declive a todo lo largo de la vida.
También es verdad que existen determinadas características psicológicas, como por ejemplo, el neuroticismo, la sociabilidad, o las actitudes y los intereses que, una vez instauradas en la edad adulta, se modifican muy poco a todo lo largo de la vida. En definitiva, la teoría de la continuidad 2 establece que existe un escasísimo cambio por lo que se refiere a las preferencias, actitudes y actividades que las personas realizan a lo largo de su vida.
A pesar de que la investigación psicológica presenta el panorama aquí sintetizado, la visión esterotipada de lo que acontece durante la vejez nos presenta un panorama sombrío en el que -paralelamente a lo que ocurre físicamente- según avanza la edad lo que necesariamente se produce cambios negativos, es decir, deterioro y decrepitud en todos los planos del psiquismo humano. Estos clichés son extraordinariamente importantes, no solo porque implican falsas creencias, sino porque tiene efectos perversos en las personas como se verá más adelante.
Lo importante ahora es ejemplificar estos patrones de cambio que ocurren a lo largo de la vida y que expresan que algunos factores psicológicos experimentan deterioro o declive  mientras que otros experimentan desarrollo o cambio positivo. Hay que resaltar que se consideran declives a aquellos cambios que suceden con probabilidad al envejecer mientras que llamamos deterioro cuando ocurre un cambio patológico (excedente del declive) generalmente producido por una determinada enfermedad.
Dado que la psicología agrupa múltiples manifestaciones, no resulta aquí posible tratar con la necesaria extensión los cambios que en el conjunto de la actividad psíquica ocurren en la vejez. Tan solo va a ser posible realizar un breve resumen de aquello que sucede en las más importantes funciones psicológicas.
Sin embargo, conviene comenzar resaltando que estamos considerando a la vejez como una etapa de la vida. Los individuos llegan a esa (no bien determinada) etapa con muy distintos bagajes y experiencias debido no solo al estado de su organismo en su sentido biológico sino, sobretodo, de la historia de aprendizaje y de las circunstancias que les ha tocado vivir. De hecho, una de las características más notables del proceso de envejecimiento es la enorme variabilidad que existe. En otras palabras, en la medida en que se incrementa la edad aumenta las diferencias existentes entre los individuos envejecientes debido, lógicamente, a la diversidad de circunstancias y de contextos históricos vividos de forma tal que aunque aquí vamos a presentar unos determinados patrones de cambio en la vejez, la variabilidad entre los distintos procesos, funciones psicológicas así como entre los comportamientos divergen extraordinariamente entre los distintos individuos.

Funciones cognitivas

El ser humano, puede ser entendido como un procesador activo de información. A través de sus sentidos la información es captada, almacenada, analizada y elaborada y, finalmente, el ser humano responde a esa información. En ese sentido, el individuo debe atender y percibir esa información, procesarla y retenerla. En realidad, cualquier comportamiento humano está dependiendo tanto de los estímulos y circunstancia externas como de esas funciones psicológicas aprendidos a su vez a lo largo del proceso de aprendizaje. En definitiva, cabe preguntarse, ¿qué funciones cognitivas cambian con el paso del tiempo y cuáles permanecen estables?
Teniendo en cuenta que la recepción de información depende de los sentidos y que el procesamiento de la información tiene como soporte el Sistema Nervioso Central, una primera conclusión es que durante el proceso de envejecimiento se produce un enlentecimiento y una menor eficiencia del funcionamiento cognitivo. En definitiva, el ser humano mayor tarda más en responder a la información que recibe en comparación con el más joven, sobre todo cuando las tareas que se le demandan requieren muchos recursos atencionales. No obstante, conviene también resaltar que esos cambios o declives en las primeras fases del procesamiento ocurren desde muy temprano en la vida.
Sin embargo, no cabe duda de que el procesamiento de información lleva consigo el aprendizaje, la retención o la memoria de esa información. Tras el examen de los distintos tipos de aprendizaje, los autores ponen de relieve que, amén de requerir un mayor número de ensayos de aprendizaje y mayores tiempos de ejecución, las personas mayores (en comparación con las más jóvenes) tienen una amplia capacidad de aprendizaje.
Un alto porcentaje de personas mayores afirman tener fallos en el recuerdo de nombres, números de teléfono, cosas que tiene que hacer, si han apagado el gas y otros muchos eventos de la vida cotidiana. En la Tabla 1 se presentan los distintos sistemas de memoria, junto a ejemplos y aquellos que declinan con el paso del tiempo y aquellos que permanecen estables.
Sin embargo, llegado este punto, tal vez lo más importante sea señalar que existen recursos para mejorar aquellos sistemas de memoria que han declinado.
Los recursos que pueden ponerse a contribución para la mejora de la memoria durante la vejez:

 1) Estar muy motivado
 2) Jugar a recordar en forma deliberada: ¡recordar por recordar!
 3) Prestar mucha atención
 4) Repetir, repetir y repetir
 5) Dedicar mucho tiempo al aprendizaje y la memoria
 6) Organizar mentalmente la información a recordar
 7) Buscar y establecer asociaciones entre la información que se quiere recordar y otros eventos cotidianos
 8) Crear imágenes mentales de lo que se quiere recordar
 9) Utilizar ayudas externas como agendas, libretas, etc.

Las funciones cognitivas o intelectuales se expresan en un producto o estructura psicológica: la inteligencia. La inteligencia puede ser entendida como la capacidad de adaptación al medio o como el conjunto de competencias que permiten resolver problemas contextualmente relevantes. Por supuesto, la inteligencia es también el producto interactivo entre factores biológicos y ambientales. ¿Qué cambios se producen en el funcionamiento intelectual?

Cambio y estabilidad en la inteligencia fluída y critalizada (tomado de Baltes et al, 1997)
Sin embargo, el funcionamiento intelectual también se puede compensar, existe importante evidencia de que la actividad intelectual (desde hacer crucigramas a jugar al ajedrez) mejora el funcionamiento intelectual en la vejez e, incluso, existe también datos experimentales de que las personas que realizan actividad intelectual en su vida cotidiana son menos propensas a presentar demencia.
Los psicólogos del envejecimiento han investigado esencialmente el funcionamiento cognitivo de aquellas estructuras más comunes que comienzan su desarrollo en la infancia para llegar a su culmen al final de la adolescencia. No es hasta los años 90 cuando se han ocupado de ciertas condiciones cognitivas que pudieran ser propias de la vejez. Cuando uno conversa con una persona mayor y le pide consejo o ayuda o, también, cuando uno mismo envejece, cabe apreciar que el consejo del mayor o su forma de pensamiento tiene componentes especiales que expresan una forma especial de resolver problemas por lo que pudiera hipotetizarse que junto a los declives señalados ocurren también algunos cambios positivos en el funcionamiento intelectual. Así, la sabiduría ha emergido en los últimos años como un nuevo constructo sujeto a investigación científica postulándose que pudiera ser un atributo de mayor probabilidad en la vejez. Este relativamente nuevo objeto de investigación ha sido definido por Baltes y colaboradores5 como un conjunto de conocimientos de experto en la pragmática de la vida. Pero, la sabiduría no parece ser solo una característica de la vejez, cabría decir que ni todos los viejos son sabios ni todos los jóvenes no sabios. Como señalaba Epicuro en su carta a Meneceo: “han de amar la sabiduría tanto el joven como el viejo, éste para que sintiéndose anciano rejuvenezca...., aquel para que sea joven y viejo al mismo tiempo”. Sin embargo, la evidencia actual nos lleva a pensar que la sabiduría se produce con mayor probabilidad en la vejez aunque de frecuencia reducida. Por otra parte, también cabe resaltar que la sabiduría tampoco se puede conceptualizar como un atributo exclusivamente cognitivo sino que tiene componentes afectivos, emocionales y, como no, intelectuales.
En resumen, existen funciones intelectuales que declinan en función de la edad y, también, existen otras que se mantienen a lo largo de la vida e, incluso, existen ciertas formas de juicio y comprensión que se incrementan en la vejez.



Funciones afectivas

Pero, este procesador de información como así puede ser conceptualizado el ser humano no parece atender, percibir, aprender o memorizar como si fuera una máquina (por muy inteligente que la máquina fuese). El ser humano es un organismo emocional en el que la inteligencia se entremezcla con el sentimiento y la pasión a la hora de comportarse inteligentemente. Los sentimientos y las emociones conforman la afectividad como importante ámbito psicológico. Así pues, a continuación va a presentarse una síntesis de los esenciales cambios que ocurren en la vejez en el ámbito de la afectividad y el mundo emocional.
La vejez conlleva una serie de situaciones conflictivas: la jubilación, la pérdida de seres queridos, la marcha de los hijos, con frecuencia la enfermedad crónica y lo que es peor, un conjunto de pluripatologías, en ocasiones discapacidad y dependencia y, desde luego, mayor proximidad a la muerte, y todo ello junto a otros más eventos negativos que ocurren casi inevitablemente. Es lógico pensar que todos esos eventos producirán en los individuos que los sufren reacciones afectivas negativas: depresión, soledad, malestar, en definitiva, sufrimiento. Examinada la cuestión “fríamente”, habría que concluir que las personas mayores con alta probabilidad tienen que experimentar una afectividad displacentera, ¿es eso así?
Una primera respuesta a esa pregunta es claramente negativa. Las personas mayores no expresan una menor felicidad, bienestar o satisfacción con la vida cuando se las compara con las más jóvenes. Muy al contrario, las investigaciones existentes (tanto en el Estudio Mundial de Valores como en el Euro-barómetro, lo mismo puede verificarse con datos en España o en Estados Unidos6) ponen de manifiesto, que no existe influencia de la edad en la expresión verbal de la experiencia de la felicidad.
A este hecho -la falta de incidencia de la edad en la percepción de bienestar- se le ha llamado la “paradoja de la felicidad”, ¿cómo es posible que la edad no influya en la felicidad cuando la edad esta asociada a eventos vitales negativos, a penalidades y situaciones conflictivas que, necesariamente, deben conllevar sufrimiento?. Veamos brevemente que ocurre con los afectos en la vejez.
En la última década han proliferado los estudios en los que se compara la afectividad a distintas edades (desde la juventud hasta la vejez) así como, dentro de la vejez, a los jóvenes-viejos y los viejos-viejos y ello tanto en estudios transversales (en los que se comparan la experiencia afectiva de personas de entre 18 y más de 90 años, en un momento concreto) como estudios longitudinales (en los que se comparan a las mismas personas en el proceso de envejecer y se va siguiendo su experiencia afectiva, por ejemplo, cada 5 años (a los 50, 55, 60, 65, 70, etc.). Tanto unos como otros estudios llegan a los tres siguientes hallazgos:

1. Cuando se es mayor, se experimentan emociones con la misma intensidad que cuando se es joven y los mayores sienten emociones positivas con igual frecuencia que la gente más joven.

2. Existe una fuerte evidencia de que la experiencia emocional negativa se da en mucha menor frecuencia a partir de los 60 años. Así, a esas edades, existe más expresión de “felicidad”, “gratitud”, “contento” que de “frustración”, “tristeza” o “rabia”.

3. La conclusión de la mayor parte de autores que investigan el mundo afectivo de los mayores es que en la vejez existe una mayor complejidad y riqueza emocional. En otras palabras, que en la vejez se incrementa el manejo adecuado de los afectos y que, por tanto, existe una mayor “madurez” afectiva.

Dos preguntas asaltan ante este panorama claramente positivo:¿ que otras condiciones pueden explicar o justificar estos tres hallazgos? y por ende, la paradoja de la felicidad en la vejez y ¿de qué forma puede integrarse esta visión globalmente positiva del mundo afectivo en la vejez? cuando esencialmente se utilizan instrumentos de autoinforme y no existe ni un “felizometro” que evalúe objetivamente la felicidad ni ninguna otra medida de la experiencia subjetiva de contento que no pase por su expresión verbal.
Los autores han examinado minuciosamente en que medida el contexto (las condición socioeconómica, el estado civil, etc.), la salud y la situación funcional y las relaciones interpersonales influyen en la afectividad (positiva y negativa) en la vejez y en que medida esos factores son más importantes que la edad. Nuevamente la conclusión parece ser bastante contundente: no se encuentran efectos de la edad en la afectividad positiva cuando se controlan otras variables. En otras palabras, la edad es una variable vacía y tan sólo conlleva los efectos de otros covariantes. De entre ellos, no es precisamente la salud o el estado funcional los mejores predictores de la afectividad sino la personalidad y el funcionamiento intelectual.
Cartersen7 ha elaborado una teoría que permite explicar tanto el bienestar como el balance entre el afecto positivo y negativo en la vejez: la teoría de la selectividad socio-emocional. En breve, el rol del afecto y la cognición van reestructurándose con la edad permitiendo una mayor cohesión entre los dos y mediando en una mayor regulación de la emoción en la vejez llevando consigo una maximización de los aspectos positivos y minimización de los negativos cuyo producto es una mayor satisfacción o bienestar.
En definitiva, si en el mundo cognitivo ocurren cambios negativos debidos a la edad, en el mundo afectivo parecen ocurrir cambios positivos esencialmente ligados a un declive de la emocionalidad negativa que algunos autores han conceptualizado como una mejor integración o elaboración emocional. Por supuesto, resulta vital seguir investigando estos aspectos de afectividad y emocionalidad en la vejez con el fin de descifrar lo que entiendo que seria no solo una “paradoja” sino la “culminación” de la experiencia de la vejez.
Llegado este punto, parece conveniente reflexionar sobre la congruencia entre lo que la experimentación científica nos dice sucede en el funcionamiento cognitivo y afectivo a lo largo de la vida y el común sentir y pensar en nuestra sociedad.


Estereotipos sobre la vejez y sus efectos

La percepción y la conceptualización (o en otros términos las “teorías implícitas”) sobre el envejecimiento y la vejez forman parte de las más clásicas corrientes de pensamiento. Así, por ejemplo, Platón conceptualizaba la vejez como sinónimo de pérdida, enfermedad y deterioro mientras  que Aristóteles la concebía como una etapa de oportunidad, de sabiduría y conocimiento. De estas dos visiones, la que cuenta con una mayor inserción en nuestra cultura es la que conceptualiza la vejez negativamente. No es de extrañar, la belleza, la salud, la rapidez están en la base de los valores de nuestra época y todas estas condiciones físicas son algunas de las que declinan a lo largo del ciclo de la vida. Pero, empecemos por aclarar previamente a que llamamos estereotipo.
En breve, un estereotipo es un cliché o un modelo fijo, compartido por una determinada colectividad, que se utiliza para conceptualizar a un determinado sujeto de conocimiento abstracto como la vejez o la juventud, la inmigración o el poder y nos sirven a modo de teorías implícitas respecto de ese sujeto de conocimiento. Estos clichés -en términos generales negativos- son aprendidos a través del proceso de socialización del individuo el cual transcurre en un ambiente sociocultural determinado. Lo importante es que, estas imágenes o clichés una vez aprendidas tienen un poder causal en el sentido de que son la causa de la conducta tanto individual como social referida a ese objeto de conocimiento e, incluso, pueden convertirse en profecías que tienden a su autocumplimiento.
Pero, esas imágenes o clichés actúan no solo explícitamente a través de opiniones y juicios sino que lo hacen en forma implícita; en otras palabras, la gente no es consciente de algunas de sus formas de conceptualización sobre la vejez son extraordinariamente negativas e influyen, incluso determinan, comportamientos “edaistas” discriminatorios. Por ejemplo, se ha demostrado que cuando personas de distintos grupos de edad son sometidas subliminalmente a elementos verbales asociados a la vejez toman decisiones negativas perjudiciales más rápidamente que si se enfrentan a estímulos relativos a la juventud.
Es más, estos estereotipos desencadenan actitudes negativas que, a veces, provocan desigualdades sanitarias o sociales. Tan es así que Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud han venido emitiendo recomendaciones que tratan de provocar decisiones gubernamentales que combatan los estereotipos o falsas creencias en torno a la vejez.
Hace algunos años, investigamos las creencias de la población española referidas a la vejez10.
Hacíamos preguntas del tipo: “La mayor parte de los adultos mantienen un nivel de salud aceptable hasta los 65 años, aproximadamente, edad en la que se produce un fuerte deterioro de la salud” o “Las personas mayores son, en muchas ocasiones, como niños”. Pues bien, el 72,6% de la muestra encuestada (representativa de la población española mayor de 18 años) estaba de acuerdo con la primera afirmación y el 75% están de acuerdo con la segunda. En resumidas cuentas, es cliché muy común que la gente mayor está deteriorada, es incapaz de aprender nuevas cosas, no pueden cuidarse a sí mismos, y son desagradables y regañonas. Todas estas afirmaciones son falsas; los datos con los que contamos no avalan la existencia de un momento puntual en el que la salud se deteriore, a todo lo largo de la vida existe una amplia capacidad de aprendizaje, y la gente no cambia su personalidad cuando llega a la vejez sino, muy al contrario avala el aserto de que se envejece como se ha vivido.
Es más, los datos experimentales y empíricos con los que contamos expresan la existencia de una extraordinaria variabilidad en la vejez; en resumidas cuentas, las diferencias entre las personas mayores es mayor que la que existe a ninguna otra edad. En resumidas cuentas, no podemos generalizar entre individuos mayores e incluso, cuando afirmamos que a una determinada edad declina una determinada función psicológica queremos decir que la puntuación promedio en esa función en ese grupo de edad es más baja que la que presenta otro grupo de menor edad o el mismo grupo de edad cuando era más joven pero, incluso, tendríamos que decir también que existen personas, en ese grupo de edad que no declinan en esa función en absoluto.
Pero, además, sabemos que, en gran parte de condiciones psicológicas, la práctica es más importante que la edad. En otras palabras, no cabe duda de que la velocidad de tecleo declina con la edad, sin embargo, una persona mayor entrenada será mucho más rápida que una no entrenada. En otras palabras, en múltiples aspectos, la edad no es más importante que la práctica o la experiencia sino muy al contrario, la experiencia o la práctica tiene mayor influencia sobre el comportamiento que la edad.
Pero, los estereotipos no solo implican al amplio grupo social que los ostenta sino al propio grupo de mayor. En otras palabras, una vez que se ha aprendido e internalizado que con la vejez necesariamente llegan todo tipo de penalidades ¿cómo influyen los estereotipos negativos en torno a la vejez cuando se envejece?.
Levy, tras realizar múltiples estudios transculturales, experimentales y longitudinales concluye que, los estereotipos negativos sobre la vejez que ostentan las personas mayores influyen en su memoria, causan estrés y peores formas de combatirlo, e, incluso, predicen menor sobrevivencia; en otras palabras, en estudios longitudinales, las personas que ostentaban estereotipos más positivos vivieron 7 años más que aquellas que tenían imágenes negativas en torno a la vejez.

Conclusiones

La vejez es una etapa de la vida y el envejecimiento es un proceso que ocurre a lo largo de la vida. Ambos objetos de conocimiento son multidisciplinares puesto que el ser humano es una realidad bio-psico-social. La psicología como disciplina científica que se ocupa del comportamiento humano a los niveles de complejidad necesarios es una disciplina básica de los cambios psicológicos que se producen en el transcurso de la vida.
El proceso de envejecimiento psicológico no ocurre isomórficamente al envejecimiento biofísico. Existen funciones psicológicas que declinan muy tempranamente, una vez llegado a su máximo desarrollo y existen otras que se mantienen e, incluso que desarrollan a todo lo largo de la vida.